Meditaciones sobre la propia y circundante existencia del autor, que concreta su ideario en breves pensamientos que entremezcla con el mundanal rüido y su desvergonzada obsesión de querer estar en todas partes, todo el tiempo.
Las corbatas de un hombre contienen buena parte de su historia.

Las corbatas de un hombre contienen buena parte de su historia.

Bolívar entregó a cada amor que vino a su encuentro el caudal de arrullos y afectos que no alcanzó a recibir en su niñez. Todo aquel inmenso chorro de querencias que el destino le negó con implacable severidad cuando más lo necesitaba; no tuvo la felicidad de una esposa esperando al calor del hogar y los hijos brincando alegres entre sus piernas arrullándole con sus inocentes caricias.

Este vacío inmenso, angustiante y nostálgico de la falta de un lugar a donde llegar después de la faena diaria; ese no tener la esperanza de una mujer que endulce nuestro espíritu y nos llene de felicidad, es la que forzosamente convierte a Bolívar en un permanente buscador de aventuras femeninas, porque su espíritu se seca, lo quema la candente pasión que lleva por dentro.

Se consume poco a poco y la soledad de su espíritu y la de su corazón, que era la más aterradora, lo conducen a ese tipo de conquista, la del amor fugaz que habría de endulzar sus horas tristes y de profunda melancolía. La de una compañera comprensiva, dulce y consecuente que crea en él y en su amor circunstancial, no permanente pero sincero, en la desbordante realidad de sus sentimientos muy generosos. De una mujer inteligente que sepa entender la delicada y alta investidura de su rango. Que lo respete y considere, aún cuando la misma condición de ese amor furtivo, clandestino algunas veces, prohibido con sabor a pecado, siembre dudas y riesgos que él está dispuesto a aceptar, no porque sea un impetuoso ni un usurpador del hogar cristianamente constituido pero sólo porque las circunstancias de la vida, irremediablemente lo conducen por esos recodos llenos de peligro en donde la aventura surge indescriptiblemente subyugante, apetecible y lisonjera. Bolívar reconocía que actuar así contrariaba sus propios principios de delicadeza pero su encumbramiento llegaba a tales alturas que quienes se podían considerar ofendidos en su honor y orgullo, más bien lo aceptaban como un peldaño más para ganar influencias ante el Héroe y el disfrute de consideraciones mejores en una sociedad que así lo exigía y un manto de aparente indiferencia cubría la aventura y hasta muy diligentemente se buscaba la relación y la amistad de la afortunada elegida.

MOLINARES S., José E. Simón Bolívar. Mujeres que le amaron. Maracaibo, Venezuela. Editorial Catatumbo. Primera Edición. 1984. pp 2-3.