Despreciado por las mujeres, me acuerdo de haberlas observado con la sagacidad del amor desdeñado. ¡Ahora veo que la sinceridad de mi carácter ha debido desagradar! ¿Quieren, quizá, las mujeres un poco de hipocresía? Yo, que soy alternativamente, en el mismo momento, hombre y niño, ligero y calculador, sin prejuicios y lleno de supersticiones, a veces mujer como ellas…, ¿no han debido ellas tomar mi ingenuidad por cinismo, y la pureza de mi pensamiento por libertinaje? La ciencia era aburrimiento para ellas; la languidez femenina, flaqueza. Esa excesiva movilidad de imaginación que es el mal de los poetas, me hacía, sin duda, juzgar como un ser incapaz de amor, sin constancia en las ideas, sin energía. Idiota, si me callaba, las asustaba tal vez cuando intentaba agradarlas, y las mujeres me han condenado. He aceptado con lágrimas y pena la sentencia dictada por el mundo. Esta pena ha producido su fruto. Quise vengarme de la sociedad, quise poseer el alma de todas las mujeres sometiendo a las inteligencias, y ver todas las miradas fijas en mí cuando mi nombre fuera pronunciado por un criado a la puerta de un salón. Me nombré gran hombre desde mi infancia; habíame dado un golpe en la frente diciéndome como Andrés Chénier: «¡Aquí hay algo!» Creía sentir en mí un pensamiento que expresar, un sistema que fundar, una ciencia que explicar.
BALZAC, Honoré de. La Piel de Zapa. Barcelona, España. Editorial Bruguera, S.A. 1974. Edición Especial. pp 109-110. ISBN 84-02-013446-2.