Los estudiantes que siguen carreras científicas o técnicas son los menos revolucionarios en el sentido anómalo de la palabra, porque viven entretenidos en un mundo de objetos palpables. En los laboratorios, en las salas de disección se plantean cuestiones que deben resolver inmediatamente y obtienen con frecuencia una satisfacción personal. En cambio, los que se dedican a las humanidades divagan en un ámbito fantasmal lleno de entidades abstractas, y aunque muchos se llamen a sí mismos materialistas, no hacen más que perderse en discusiones bizantinas. La voluntad radiante y de dominio no es fácil de cumplir por un joven en las tareas del espíritu. Economistas, literatos, filósofos y aspirantes a sociólogos se entregan afanosamente a la política, de preferencia a la censura y al ataque de los poderes constituidos.
ARREOLA, Juan José. La Palabra Educación. (Texto ordenado y dispuesto para su publicación por Jorge Arturo Ojeda). México, D.F., Editorial Grijalbo, 1977. p 67.